El oficio de los arrieros en la sierra de Santa María del Río y Ciudad Fernández, San Luis Potosí


El presente artículo es un pequeño homenaje a los antiguos arrieros.

Las fotos que acompañan al texto corresponden a cierta ocasión en que cruzamos la sierra de Ciudad Fernández para llegar a documentar la fiesta patronal de de La Negra, Santa María del Río, SLP. Realizamos la travesía en dos burros que nos prestaron en El Mosco, pudiendo emular lo que hacían nuestros antepasados y logrando inmortalizar unas imágenes memorables.

El eco de los cascos sobre la piedra y el tintineo de las mulas resuenan aún en la memoria histórica de la agreste geografía potosina. Durante siglos, antes de que el asfalto y el acero del ferrocarril surcaran el territorio mexicano, la sangre que daba vida a la economía de la Nueva España y del México independiente circulaba a lomo de mula.

En la vasta región que comprende la Sierra de San Luis Potosí, extendiéndose desde los escarpados relieves de Santa María del Río hasta las remotas comunidades del Plan de Arriba en Ciudad Fernández, y rozando los límites con el estado de Guanajuato, los arrieros se erigieron como los verdaderos dueños de los caminos de herradura.

Estos hombres, forjados en la dureza de la intemperie y la soledad de los senderos, no eran simples transportistas; constituían una compleja red arterial que conectaba haciendas, reales mineros y centros de consumo en una época donde las distancias se medían en jornadas de sol a sol.

El presente artículo explora la fascinante historia de la arriería en esta región específica de la geografía potosina, desentrañando sus rutas, los productos que movilizaban, sus costumbres y la huella indeleble que dejaron en la toponimia y cultura local.

El Origen de una Profesión Indispensable

La palabra "arriería" encuentra su raíz en el vocablo arria, que designa a la recua o conjunto de animales destinados al transporte de mercaderías. A su vez, este término proviene de la interjección "¡arre!", el grito característico empleado para avivar el paso de las bestias.

En el México prehispánico, el transporte recaía exclusivamente en las espaldas de los tamemes indígenas. Fue con la llegada de los españoles y la introducción de animales de carga, especialmente las mulas antillanas, cuando se estructuró formalmente la arriería durante la segunda mitad del siglo XVI.

La topografía de San Luis Potosí, marcada por formaciones montañosas como la Sierra de Álvarez y la Sierra Gorda, imponía retos formidables. En este escenario, la mula demostró ser infinitamente superior al caballo o al buey. Su resistencia, sobriedad y capacidad para transitar por senderos estrechos y pedregosos la convirtieron en el motor de la economía virreinal. Se estima que, en su apogeo, la arriería representaba hasta el diez por ciento del valor de toda la industria nacional.


Rutas de Sudor y Plata: De Santa María al Plan de Arriba

La geografía que abarca desde la Sierra de Santa María del Río hasta el Plan de Arriba de Ciudad Fernández fue un hervidero de actividad arriera. Santa María del Río, hoy célebre como la cuna del rebozo, era un punto neurálgico donde convergían rutas comerciales. Desde allí, los caminos se adentraban hacia la intrincada orografía de la zona media potosina, desafiando desniveles y barrancas.


El Plan de Arriba, un fértil valle perteneciente al municipio de Ciudad Fernández y a Rioverde, alberga comunidades cuyas raíces se remontan a finales del siglo XVIII, como Ojo de Agua de San Juan (fundada en 1777), así como La Ventilla, Las Pilas y Atotonilco.

Esta zona cacahuatera por excelencia está rodeada por grandes montañas. Para llegar a localidades remotas como Mesa del Campanario, los arrieros debían sortear parajes como el Puerto del Palo Gordo o el Paso de San Martín. Estos caminos vecinales, a menudo descritos por los viajeros de la época como "tristes senderos abiertos en la espesura" o "caminos de lobos", exigían una pericia absoluta.

Las rutas no solo conectaban poblaciones locales, sino que formaban parte de una red mayor que enlazaba con el Camino Real de Tierra Adentro, la arteria principal por la que fluía la riqueza argentífera de Zacatecas, Guanajuato y el propio San Luis Potosí hacia la capital del virreinato. Hacia el sur, los senderos se internaban en la Sierra Gorda, cruzando los límites con Guanajuato y Querétaro, estableciendo un flujo vital de mercancías entre el Bajío y la Huasteca.

La Carga: piloncillo, quesos y textiles

¿Qué transportaban estas interminables recuas que cruzaban la sierra potosina? La diversidad de productos era el reflejo de la economía regional. Desde las cálidas tierras de la Huasteca y las zonas bajas de la región media ascendían cargamentos de piloncillo, un edulcorante fundamental elaborado en los trapiches locales, así como caña de azúcar y frutos tropicales.

En sentido inverso, desde las haciendas del altiplano y los centros manufactureros descendían textiles, herramientas de hierro, sal y granos básicos como el maíz. De la sierra de Santa María del Río, principalmente de San José Alburquerque, se enviaban quesos a la región media potosina, una práctica que hoy en día se sigue manifestando en el comercio local.


El comercio de la sal era particularmente lucrativo y necesario, tanto para el consumo humano como para el beneficio de los metales en los reales mineros. En ocasiones, los arrieros no solo transportaban mercancías ajenas, sino que actuaban como comerciantes itinerantes, comprando productos en una región para venderlos con ganancia en otra, dinamizando así la economía a escala micro y macro.


Vida, Costumbres y Vocabulario del Camino

La vida del arriero era un compendio de dureza y libertad. Existía una jerarquía clara en el oficio: los arrieros de "carrera larga" traficaban en las rutas principales y podían pasar meses fuera de sus hogares, mientras que los "chinchorreros" operaban a nivel local, con atajos de menos de cuarenta mulas, realizando viajes cortos.

El equipamiento era meticuloso. Cada mula portaba un aparejo (estructura de madera o metal adaptada al dorso), sobre el cual se aseguraban las alforjas o zurrones mediante un complejo sistema de cinchas y correajes de cuero. Las mulas guía, conocidas como caponeras, lideraban la recua, y los arrieros desarrollaban un vínculo profundo con sus animales, otorgándoles nombres pintorescos como "La Prieta", "La Alachueta" o "A-pesar-de-todo".

La indumentaria del arriero potosino era inconfundible y funcional: sombrero de ala ancha forrado de hule para repeler la lluvia, cotón de cuero con pechera, calzón de gamuza abierto hasta media pierna, rodilleras protectoras y un recio zapato de vaqueta. En la cintura, ceñían la "víbora", un cinturón hueco de cuero donde celosamente guardaban las monedas de oro y plata fruto de sus fletes.


El carácter de estos hombres fue descrito por cronistas extranjeros como rudo pero profundamente honrado. Dormían bajo las estrellas, enfrentaban a salteadores de caminos y poseían un conocimiento enciclopédico de la topografía, fuentes de agua y refugios. Su religiosidad era ferviente; se encomendaban a San Pedro, patrón de la arriería, rezando para que las lluvias no borraran los senderos y los bandidos no truncaran su viaje.



La toponimia de la región aún guarda el eco de sus pasos. Nombres como "Puerto del Palo Gordo" o "Paso de San Martín" en Ciudad Fernández evocan parajes que servían de referencia, descanso o desafío para las recuas
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El Ocaso de una Era

El declive de la arriería comenzó a perfilarse a finales del siglo XIX. La llegada del ferrocarril, como el ramal San Bartolo-Rioverde inaugurado entre 1882 y 1902, supuso el primer golpe mortal a este modo de vida. Las locomotoras podían transportar en horas lo que a cientos de mulas les tomaba semanas.

Posteriormente, la apertura de carreteras petrolizadas y la masificación de los vehículos de motor en el siglo XX relegaron a los arrieros al olvido, confinando a las pocas recuas sobrevivientes a las zonas más inaccesibles de la sierra.

Sin embargo, el legado de los arrieros en la Sierra de San Luis Potosí trasciende la nostalgia. Fueron ellos quienes tejieron los primeros lazos de integración regional, desafiando una geografía indómita. En cada camino vecinal que hoy serpentea entre Santa María del Río y Ciudad Fernández, subyace el rastro invisible de aquellos señores del camino, cuya tenacidad construyó los cimientos del moderno San Luis Potosí.




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